Rascacielos
Brillabas, tu piel brillaba como brilla un agujero negro.
Cada pliegue, cada doblez, cada centímetro cuadrado que luego recorrería con la
lengua era una invitación a saltar a una dimensión desconocida, a dejarse caer
y perder todo lo que se hallaba entre la memoria y los zapatos. Y sin embargo
tú misma la impedías. La caída, la impedías. Habías situado a la entrada
aquellos labios rojos a los que era imposible no agarrarse, que era imposible
perderse si uno quería pasar a engrosar la lista de los que en la vida han
hecho algo más que nacer, llorar, respirar y morir comiendo arena.
Esos labios a los que te llevabas un índice, en rojo también.
Aprender los colores diez años después de haber dejado el colegio. Rojo
Estambul, Midnight Passion, granates, burdeos, bombillas encarnadas de ultramar
que iluminarían nuestros mejores polvos incluso en medio de una catástrofe
nuclear.
Y luego estaban la mirada, claro. Era tu reojo la última
página de un inventario del deseo, de un diccionario completo en el que
aprender, mojando bien el dedo corazón en saliva, mojándolo por completo en tus
labios rojos perfectos, cómo entrar en el cielo por la puerta del infierno.
La naturalidad sobrenatural del cabello. La pendularidad de
las caderas, que hubieran hecho a Foucault renegar de la ciencia imperfecta. El
vaivén de tu cuerpo entero, que era viento y era mar, y de tanto fuego que
contenía convertía en agua el vino más reservado.
Y al final del todo las palabras, conectadas con el resto de
la alta tecnología de tu cuerpo en la sala de máquinas que ocultas detrás de
los ojos. Palabras sólidas. Una detrás de otra, formaban un rascacielos cuyo
último piso, la sala de máquinas, sí, latía en sístole y asonante.
Lo veo ahora y sólo ahora soy capaz de escribirlo. Tú cumples
veintiséis años y me preguntas algo que no voy a confesar.
La respuesta es que no lo sé.
Y está bien que así sea.
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